Gabriel Martín
Ilustración de Felipe de la Cruz
[Martes, 17 de febrero de 2009] [09.00]
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Pongamos un sábado plomizo, pongamos un mes de agosto. Pongámoslo en una ciudad costera, prostituida y turística. Una de esas ciudades que duplica en verano los cuerpos que la habitan, que comprime sus almas para que le quepan todas, que satura sus rincones, que atasca sus calles. Pongamos también la lluvia. Pongámosla para reducir, aún más si cabe, el espacio habitable, para confinar el cielo, para hacer sonar el toque de queda, para invocar el ridículo sobre el desquiciado festival de camisetas multicolores, bermudas y chancletas. Pongamos la lluvia, sí; pero pongamos entonces un refugio, un salvamento, un faro guiando a los miles y miles de turistas descontentos. Pongamos, es obvio, un centro comercial; irresistible luz para polillas humanas privadas del sol del que se creen acreedoras. Pongámoslo desbordado, rebosante, atascado. Pongamos los ríos de coches intentando llegar e impidiendo marchar, pongamos los pasillos repletos, las tiendas atestadas, los gritos, las risas, el murmullo incesante de miles de bocas, los llantos de los niños exigiendo caprichos, las discusiones de los padres, los móviles sonando sin parar. Sumémosle la megafonía lanzando al aire enrarecido sus ofertas de última hora, sus niños perdidos y sus interminables coches mal aparcados.
Pongamos ahora, una vez establecido el escenario, los actores principales de esta historia. Pongamos un hombre. Situémoslo sentado en un banco de la arteria principal del centro. Pongámoslo inclinado, con los codos apoyados en los muslos, las palmas de las manos sujetando el peso, aparentemente insoportable, de su propia cabeza. Pongámoslo con los ojos cerrados. No, mejor aún, los ojos abiertos, muy abiertos tal vez, pero sin ver nada. Sí, así es, la mirada fija y perdida a la vez en un punto desconocido para nosotros, situado en el escaparate de la tienda de enfrente. ¿Dé qué es la tienda? No importa. Ya lo pensaremos más tarde si es que hay que definirlo. Tampoco es sustancial en el hombre su vestimenta, ni siquiera su aspecto. Pongamos quizás un hombre de unos cuarenta años, un hombre cualquiera, sin rasgos sobresalientes. Su apariencia, ya lo sabemos, no es fundamental. Dejémoslo, de momento, sentado en su banco, inmóvil, casi una estatua, excepto quizá por el apenas perceptible movimiento de sus labios, que se abren y cierran como si nuestro hombre hablara ininterrumpidamente. Es imposible saber si lo hace o no, el bullicio del centro comercial mata cualquier otro sonido antes de nacer. Dejémoslo así de momento, decía, como un pez boqueando ante el cristal de su acuario imaginario.
Busquemos ahora más a fondo. Busquemos, entre la marea de clientes, un segundo protagonista; una mujer tal vez, quizás un niño. Sí, podría ser el niño pequeño incansablemente reclamado por megafonía: “Se ha perdido el niño de cuatro años Miguel Fernández. Lleva camiseta naranja con dibujo de Spiderman”. Sí, fijémonos en él. Incluso así, a vista de pájaro, no es fácil localizarlo, con el único dato de la camiseta naranja, entre el tropel policromado de compradores que rebosa nuestro escenario. Pero lo hacemos, lo encontramos; para eso la historia es nuestra y necesitamos encontrarlo. El niño de la camiseta con dibujo de Spiderman camina lloriqueando entre la multitud. Por desgracia para él, aún no ha aprendido que para que le hagan caso tiene que llorar más fuerte. Por eso nadie se fija en él, salvo para esquivarlo como a un obstáculo, como a un estorbo; igual que esquivan al hombre que prosigue incansable su salmodia inaudible, sentado en el banco con la cabeza apoyada en las palmas de las manos. El niño perdido pasa por delante de nuestro hombre y se detiene. Se para frente a él, tal vez porque sus pequeñas orejas son capaces de escuchar, por encima del tumulto, la letanía que surge de los labios del hombre. Se detiene, en fin, y con los ojos llorosos y la voz temblona habla al hombre, y éste, abandona por un segundo el lejano mundo más allá del cristal del escaparate de la tienda de enfrente, y fija su mirada en los ojos del niño, y comprende. Luego toma al pequeño de la mano, se levanta, y, salvando a duras penas el impenetrable bosque de cuerpos que le rodea, camina con paso inseguro hasta el mostrador de información donde, histérica por la preocupación, la madre del niño de la camiseta naranja, los recibe entre sollozos agradecidos y recriminaciones a su hijo. El hombre no se queda a escucharla, vuelve con andar cansado a su sitio en el banco, y adopta de nuevo la misma postura inmutable, y sus ojos se dirigen, como antes, a un mundo más allá del escaparate de la tienda de enfrente, y su boca comienza a entonar su imperturbable retahíla de murmullos.
Bajemos ahora, poco a poco, el volumen ensordecedor del bullicio. Podemos hacerlo; es, al fin y al cabo, nuestra historia. Bajémoslo ahora, repito, y acerquemos nuestro oído a la boca del hombre, que, ajeno a nuestra maniobra, sigue recitando sin parar: “Estoy perdido”.
Quitemos ahora la lluvia, dejemos sólo los charcos en el aparcamiento del centro comercial; turbios espejos que pronto reflejarán a la gregaria muchedumbre dispuesta a volver a casa tras su agotadora tarde de compras. Alejémonos ahora, despacio, sin ruido. Así podremos oír todavía, mientras nos vamos, los ecos lejanos de la impersonal megafonía rezumando su eterna cantinela de ofertas y avisos, y, entre éstos tal vez, sólo tal vez, alguien anuncie al fin que un hombre se ha perdido.
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