Nayra Alonso
Ilustración Emma López-Leitón
[Miércoles, 8 de abril de 2009] [09.00]
Ay, señora Díaz, yo, a la menor oportunidad, le mostraba toda mi indiferencia. Y era porque la deseaba, porque soñaba con usted día y noche hasta la fiebre. Por eso le lancé mi anzuelo envenenado, mi anzuelo de desdén. Ay, usted estaba demasiado acostumbrada a gustar, a engatusar moviendo el culo, y así fue que yo supe en seguida cómo cazarla. Lo supe la primera vez que usted me miró con sus duras nalgas directamente a los ojos. Ese día, mi punto palpitante recibió un mensaje y yo, señora Díaz, siempre respondo a los mensajes.
Por eso cayó usted tan rápido y tan derecha, porque usted andaba por la vida endureciendo pichas y la mía, ante su paso implacable, se quedaba floja. Entonces quiso saber cómo y porqué una picha pequeña y asalariada la desafiaba de aquella manera. En su despacho, se acercó a mí tan confiada que casi me dio pena. Fue cuando forcé las cosas hasta que usted tuvo que rogarme que me sentara un rato, al menos el tiempo de tomar un café, para conocernos mejor y estrechar lazos jefe-empleado.
Y ahí se acabó el juego, señora Díaz, ahí la trampilla bajó de repente y usted, la leona, la mantis, la serpiente, quedó adentro. Se jodió, señora Díaz. O mejor, la jodí. Sobre la mesa de roble que antes fue de su marido, tercero o cuarto, no se acuerda, sobre el espléndido chester negro de tres plazas, de frente a los celajes de Las Palmas, en el estrecho baño con la cerradura rota y sobre la alfombra importada directamente de Irán. Y en el momento culminante, cuando usted babeaba que era un no parar, el chico tímido la puso mirando a la Meca y le brindó una valiosa enseñanza: desconfía de tu prójimo como de ti mismo.
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