Juan Cabrera
[Miércoles, 15 de abril de 2009] [09.00]
Aquí estoy, a miles de kilómetros de todo. Paseando por mi nostalgia, esa que acaba de despertar Carlos Santana con su ‘Samba pa ti'.
La primera que oí esa canción estaba con mis padres en ‘El Trovador'. Ese bar de Puerto del Carmen y más precisamente de la cuesta de Tías que si nunca visitaste no hace falta ni que te explique y si lo visitaste tampoco tengo que contarte nada.
Yo era un niño pero esa melodía se quedó grabada a fuego en mi alma y cada vez que la escucho vuelvo a sentir la arena de Famara bajo mis pies, el rumor de los callaos cuando la marea los arrastra arriba y abajo por la playa. El olor a brisa marina que revolvía y anidaba en mi pelo. La lengua reventada de comer pipas. El alivio efímero de la crema ‘Aftersun'. La sensación que daba golpear la bola con el bate de béisbol que hizo el padre del ‘Cabe'. Saltar del muelle de La Caleta sobre las olas.
Dejar que los días se fueran mientras hablábamos sentados a la puesta del sol en cualquier acera. El pique que teníamos con los de la banda amarilla. Un plato de sargo frito y papas fritas. Corbalan haciendo canasta mientras Epi defendía. Las excursiones familiares frente a Las Bajas comiendo bocadillos de tortilla francesa y arena. Las rituales subidas a la fuente del Maramajo. El sol en la cara y la piel morena. El olor a sardinas en los asaderos de chuletas y papas crías. Recorrer los charcos en busca de burgaos que hervir en una gloriosa merienda. La diferencia entre cabozos y barrigudas. Los primeros movimientos en el tablero de ajedrez. Los asaltos a la piscina de agua dulce de Los Noruegos. El azul cambiante del mar. El tucu-tucu del motor de gasoil del coche de mi madre de camino a la escuela. La sonrisa de mi compañera de clase Lolita. La mochila de lona verde y su deterioro paulatino a lo largo del curso. Los incómodos zapatos después de un descalzo verano. El color marrón de los ojos de mi perro Jackie y su sonrisa de bienvenida cuando volvíamos a casa. El uniforme escolar que quemaba la piel como el sol no lo había hecho antes. La repetida angustia de los domingos por la tarde. Los secretos que guardaba con mi hermano. El aire cargado de humo de cigarrillo en el asiento trasero del coche de mi padre. Repetir las notas en clave de sol en el pentagrama hasta ver con toda claridad que nunca tocaría ningún instrumento, jamás.
Crecí, me hice mayor. Quizás no fui un hombre pero tampoco fui un niño y me di cuenta.
La inocencia se rompió y con ella la capacidad de disfrutar infinitamente de cualquier instante.
Poco a poco Famara se fue difuminando en mi memoria, en mi vida. Otros sitios fueron descubriéndose ante mis ojos, otros intereses fueron ocupando mis días, otras sensaciones me esperaban.
Esa canción ha ido apareciendo a lo largo de mi vida de manera inesperada llevándome de la mano a otra época y lugar. La de mi infancia.
Recuerdo una ocasión en especial en que esa canción abrió un paréntesis de poco más de cuatro minutos por donde se colaron meses y meses de sensaciones. Serian las dos o tres de una noche de un invierno noruego, la temperatura rozaba los veinte grados bajo cero y yo montaba guardia acompañado por las noticias de la BBC en el exterior de la Embajada Americana de Oslo.
El presentador anunció el tema sin mucha pasión y las primeras notas de esa prodigiosa guitarra empezaron a sonar.
Hace tiempo que deje de creer en un Dios, en una religión, en una fe. Pero sé que el paraíso se llama Famara cuando tienes siete u ocho años y nada importa más que el aquí y ahora.
De repente ya no tenía frío, ni miedo, ni cansancio. Mi uniforme era mi bañador, el sol acariciaba mi cara y no tenía más preocupaciones que de cebar bien la siguiente ola. Comía pescado frito y veía la tele con los pies llenos de arena. Estaba sentado en ‘El Trovador' con mis padres tomando una coca-cola cuando en realidad era hora de estar en la cama.
‘El Trovador', ese bar de Puerto del Carmen y más precisamente de la cuesta de Tías que si nunca visitaste no hace falta ni que te explique y si lo visitaste tampoco tengo que contarte nada.
¿Te acuerdas?
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