Nayra Alonso
Ilustración Emma López-Leitón
[Miércoles, 15 de abril de 2009] [09.00]
Mmm y qué elegante. Qué perfectamente peinado, y rasurado, qué rico el olor de sus mejillas, qué suaves. Y sus manos, aladas, y sus brazos, sin peso, cómo volaban. Allí Ginger podía simplemente dejarse mecer por los aires suaves que él inventaba. Mira, mira ¿viste?, se apoyó en el aire, la espiguita se apoyó en el aire. Sí, un espárrago, una espiga, flaco, flaco. Lógico, para poder elevarse y ondular con la brisa. Sí, ya sé, es un poco cursi lo que digo, pero es que él también es un poco cursi. Entonces el galán aún se lo permitía, qué hermoso.
Y ahora, ¿te fijaste?, hace así, y así, se saca el sombrero, sonríe, claquetea… ¡Y además canta! Lo que se dice un caballero. Pero de los que todavía olían un poco a rancio (sólo que no era olor a rancio, sino a aristocracia. Lo que pasa es que la gente es muy bruta y no distingue). ¡Mira, mira! Sí, igual que un junco, con suavidad, con continuidad.
No, claro, Gene es de otro tipo. Un muchachote. Sano, alegre, lleno de energía: un oso. Mientras que Fred..., Fred es una mariposa... Dale a Gene un personaje optimista y un momento de entusiasmo y se sube a las farolas, toma su paraguas como si fuese una guitarra y acaba chapoteando en los charcos igual que un crío que acaba de salir de la escuela. ¿Qué hace Fred? Bueno, a este no lo puedes poner a remojo, porque se le pega el traje y desaparece de pantalla. A este hay que colgarle un frac y un sombrero de copa. Y nada de paraguas. Un bastón para que haga virguerías y un suelo impecable bajo sus suelas.
A mí me ha llevado de la cintura muchas veces y hemos estado girando la noche entera. La luna en lo alto, mi vestido al viento, y para iluminarnos, su sonrisa. Fred, le digo, querría besarte pero temo que tanta pasión te destruiría. Ojalá pudiera empalidecerme como tú, querido, y cayera sobre nosotros un fundido en negro. Él me mira sin dejar de sonreír y seguimos dando vueltas y vueltas entre las nubes. Quizás tienes la cabeza un poco enorme, Fred, pero tus mejillas son tan suaves, tu pelo tan perfilado, tu camisa tan blanca… Dime, querido, tú ya naciste peinado, ¿no es así?, saliste de tu madre con las piernas por delante, llevabas chaqueta y corbata, y tus ojos, ya desde entonces, caían hacia los extremos. Pues toda la fuerza, seguro descomunal, que hicieron al unísono tu madre y la matrona valió la pena, Fred, porque en ese día llegaste al mundo y traías contigo tu sonrisa y tu peinado. Bendito seas.
Cuando me muera quiero que salgas a recibirme. No te olvides de hacerlo, querido, o entraré triste también al otro mundo, y en ese me tengo prometido sonreír a todas horas.
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