Nayra Alonso
Ilustración de Emma López-Leitón
[Miércoles, 29 de abril de 2009] [09.00]
Aunque casi me había criado junto a él, por mor de mis tempestades hormonales cuando entré en la adolescencia el padre de mi amigo Jaime se transformó ante mis ojos en un ejemplar altamente apetecible. Vamos, que me mataba a pajas pensando en él.
Cierta tarde de verano, hará como un par de años, Jaime y yo nos entreteníamos montando una goleta en el garaje de su casa. Yo me aburría, como siempre, y soltaba largos bostezos de tanto en tanto En verdad, este de las maquetas era un tema que me cargaba bastante pero mi amigo sentía verdadera afición y, como fuera, lo cierto es que pasar unas horas a la semana jugando a los barquitos era una concesión decididamente pequeña si consideramos la recompensa: un hermoso culo blanco y duro de dieciséis años que Jaimito, su rumboso dueño, me permitía catar siempre que yo quería.
En fin, el asunto es que en cierto momento de la velada entró su padre y se puso a darnos palique. Yo estaba encantado, desde luego, y él también lo parecía. Mucho. Tanto que el hombre se fue animando, animando, y acabó arrimando una silla para echarnos una mano. Me relamía de tenerlo tan próximo, me henchía de gozo. A Jaime, en cambio, lo noté un poco crispado.
Pues no recuerdo qué cosa fue la que se acabó, si el pegamento o qué, que Jaime decidió ir a comprar más. Tal y como esperaba me pidió que lo acompañase a la papelería pero me zafé diciendo que me sentía cansado y que me dolía un poco el estómago. Batalló un rato y terminó largándose solo.
Pienso que fue ya desde ahí mismo cuando se me puso como una roca, sólo de ver a Jaime desapareciendo calle abajo y pensar en los minutos que estaban a punto de transcurrir. El padre de Jaime jugueteaba con el cúter y cuando me volví hacia él, el artilugio cayó sobre la mesa con un ruido aparatoso. Sudaba, estaba histérico. “¿Te duele el estómago?” —me preguntó con una vocecilla. Sin apartar mis ojos de los suyos le dije que sí y me puse de pie delante de él. Me alcé la camiseta para que pudiera apreciar bien mis abdominales y ya de paso la espantosa erección que luchaba por rajarme las bermudas—. “Me duele aquí —le dije agarrando su mano y llevándomela al estómago—, aquí es donde me duele”. Empezó a acariciarme el abdomen y poco a poco sin necesidad de ayuda fue descendiendo hasta la entrepierna. Yo no estaba seguro de aguantar demasiado. Entonces, con cara de extasiado me bajó el pantalón y empezó a acariciarme el miembro igual que un joyero experto acariciaría su pieza más preciada.
Cuando Jaime llegó, su padre y yo habíamos conseguido adelantar un poco el trabajo, cortando algunas cosillas, pintando aquí, lijando allá. En fin, bobadas, pero bobadas que sirvieron para que a Jaime le cambiase la jeta y se sintiera muy feliz de verme interesado en el arte de la marquetería. Sospecho, no obstante, que ese contento tuvo más que ver con que su padre recordara de pronto que tenía un montón de cosas que hacer.
No pasó mes y medio cuando mi amigo me dijo con toda la frialdad del mundo que su padre los había abandonado. Mira, pensé, otro cabrón que está en deuda conmigo.
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