Nayra Alonso
Ilustración Emma López-Leitón
[Miércoles, 13 de mayo de 2009] [09.00]
José le dijo a su madre que yo tiré la piedra. Y era cierto, fui yo. José venía hacia nosotros con la sonrisa torcida, me agaché a coger la piedra y en el segundo siguiente se la pegué en la cabeza. Y funcionó, José se quedó quieto como un poste, tapándose la ceja izquierda, mirándonos con la boca abierta, hasta que empezaron a caerle gotitas en la camiseta y se puso a llorar. De repente, como traído por un rayo, apareció don Alejandro y me llevó a ver al director agarrándome del brazo. No estaba asustada, sabía que no iba a pasarme nada tremendo, una regañina, deberes extra, tres días sin recreo. Sí iba, en cambio, bastante curiosa, porque nunca me habían llevado al despacho del director.
En efecto no resultó nada grave del asunto de la piedra. Más bien al contrario, a partir de ese día también a José le quedó claro con quién se las estaba jugando. De vez en cuando era bueno recordárselo a los chicos. Antes de que Simón y yo nos conociéramos, todos estaban acostumbrados a tomarle por un saco de boxeo, un felpudo, y aunque Simón era de estatura normal hasta los más enclenques lo vapuleaban. Era el pelee oficial de la clase y mi labor inmediata, en cuanto me enamoré de él, fue poner a cada uno en su sitio. Empecé por patear algunas canillas, luego repartí empujones aquí y allá y hasta hice sangrar alguna nariz. Y después ya bastó con poner una cara de las mías para que la cosa no fuera a mayores.
Simón no era estúpido. A él no le importaba que los chicos le llamasen mariquita, gallina, cobarde. Sólo le importaba yo, nosotros, los dos. Y como yo tampoco era tonta me concentraba en lo mismo. Y no hacía concesiones a nadie. Se acabó el recibir a Simón con capones y despedirlo a patadas. A partir de ahora el que estuviera dispuesto a aflojar tendría que estar dispuesto a recibir, y yo me sentía muy capaz de repartir entre la chusma lo que fuera necesario. El amor de Simón me agigantaba, me hacía inmune, valiente, colosal. Yo era su dama andante y él mi dulce caballero y un ejército de dragones no podría con nosotros: había suficientes piedras en el mundo para impedirlo.
Así fue durante años. Simón y yo vivimos nuestro amor sin estridencias, fieles, sinceros, con algún contratiempo puntual, sofocado rápidamente. Sólo una cosa pudo con nosotros, algo más inocente y a la vez más terrible que el acoso de los chicos. Su padre cambió de empleo, su familia se mudó de ciudad y se llevaron a Simón del colegio. Contra esto no pude luchar, era mucho dragón para mí sola. Lloramos juntos, nos abrazamos, nos prometimos, nos consolamos mutuamente y nos separamos. Tierna y horrible, así fue nuestra despedida.
[Condiciones de uso | | ]
