EL FINDE ES... CORTO

 

La clase, de Beatriz M. Sanchís

 

Ángel Valiente

[Viernes, 29 de mayo de 2009] [09.00]

 

 

 

 

¡Viva el cine! ¡Viva el teatro! ¡Viva la literatura y toda expresión artística!

Hoy les muestro un corto con la siguiente condición: cuando terminen de verlo y se convenzan de que pocas cosas hay más bonitas que participar de una u otra manera en cualquier acontecimiento artístico, cojan a sus hijos, el que lo tenga, y apúntenles a una escuela de cine, o de teatro, o de pintura, o de escultura, tanto da.

Y aquel que no tenga hijos pero tenga en cambio la más mínima inquietud cultural, que se apunte él mismo o en su defecto que coja un lápiz y un papel y que garabatee cualquier boceto o escriba unas cuantas líneas.

Y es que hoy les presento un impresionante corto documental en el que Beatriz M. Sanchís nos cuenta de pé a pá cómo se puede coger a un grupo de niños partiendo de cero y lograr montar una obra de Teatro, así con mayúsculas.

Un colegio, unos chavales con ninguna experiencia y un profesor, probablemente actor frustrado, que ha decidido volcar todo su arte y su sapiencia en enseñar a los más jóvenes, con la esperanza, vaya usted a saber, de que alguno llegue a ser algo más que profesor de interpretación, que bendita y necesaria profesión, por cierto.

Niños que quizá alguno en el futuro quiera ser actor, o actriz, o quieran escribir o dirigir, o iluminar o editar pero que de momento y que con la excusa de montar la típica obra de teatro de fin de curso que haga llorar y reír a partes iguales a papás y mamás en los albores de la noche de San Juan, se apuntan a un taller de teatro en horas extraescolares para sentirse y saberse el centro del Universo durante al menos media hora.

Y los chavales se esfuerzan, unos más y otros menos, como si de matemáticas o conocimiento del medio se tratase (por cierto, ¿qué coño es eso de conocimiento del medio?) y observan como lo que iba a ser un entretenimiento con un profesor enrollado se convierte en una asignatura más que hay que tomarse en serio para obtener un buen resultado. Y con esfuerzo, como todo en esta vida, observan los chavales cómo mereció la pena, como por un día son los reyes y las reinas de las bambalinas, los receptores del merecido aplauso que toda expresión artística se merece una vez el público la ve.

Y Sanchís nos retrata la historia de una manera magistral y que acaba inevitablemente emocionando a cualquiera con dos dedos de sensibilidad.

¡Escriban, señores, escriban! Escriban, actúen, dirijan, pinten o esculpan. Todo vale en el nombre del arte. Y apunten a sus hijos a cualquier actividad artística que les interese. No convirtamos a nuestros hijos en autómatas solitarios de la wii, el messenger, la play station o el “hace dos meses que no salgo de mi cuarto”.

Que salgan a la calle y se conviertan en artistas como hacen los pequeños protagonistas de nuestro corto de hoy, que el arte es en cualquiera de sus facetas es de las pocas cosas que han perdurado y perdurarán a lo largo de la historia.

 

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