María la Bienmirada

 

 

Juan Pérez Parrilla

[Martes, 16 de junio de 2009] [09.00]

 

 

 

 

¿Burro mío y palo ajeno?... ¡de eso nada, Pedrito! Pasaron los años y Pedrito llegó a Pedro y de paso descubrió que María la Bienmirada nunca fue burro de nadie y palo de muchos sí que lo fue. Pero, a diferencia de algún que otro político (1) de finas manos, además de embaucadora era simpática, hermosota y medio bruja; tenía siete gallinas que sólo ponían huevos de dos yemas y contaba unas historias acojonantes. Los políticos no, a yema por huevo y sólo cuentos de risa (2).

Cuando era cogida en un renuncio, la maquiavélica Bienmirada, inmediatamente cambiaba su tan traída y llevada matraquilla del burro, por ésta otra tan salada y marinera; “ni sé, ni digo, ni la lancha es mía.” Los empresarios, también.

Rosarito

Rubio, de ojos claros, culito apretado y más alegre que una isa, Rosarito era un chico guapote y feliz que más por afición que por necesidad, trabajaba de palanganero en el Rancho Farol. Su querido, un sargento de intendencia, lo mantenía tan reliso que podía bañarse con un buchito de agua.

A Tomás, un asiduo de la casa y virilidad contrastada en mil batallas, le maravillaba la extraordinaria y permanente contentura de Rosarito. Tanto habló y ponderó las virtudes del muchacho que Leandrito, un amigo de copas más bruto que un arado palmero, una noche de farra le espetó ¿si tanto te gusta el basiola, por qué no te lo tiras de una puñetera vez? Tomás lo miró muy seriamente, se tomó su tiempo y finalmente dijo, más para sí que para Leandrito; la verdad es, que me gustaría probar ¿pero y si después me acostumbro? (3).

 

 

(1) Cuando hablamos de políticos, nos referimos a los actuales. En tiempos de María la Bienmirada , Rosarito y sus ínclitos contemporáneos Antonio Mirapalcielo, Gregorio Matalavirgen, Fortunato, etc., no habían políticos en España. Estaban los curas, Franco y cuatro mandados.

(2) El último, que por supuesto no es nuestro: Después de las Europeas, estaban el presi y su esposa tendidos en la cama, y dice el presi; esto se está poniendo duro, querida. La esposa tantea discretamente y estalla hecha un basilisco ¡¡otra mentira más!!

(3) Duda muy razonable. De todos es sabido que de aquí para allá se van muchos, pero de allá para acá no viene ni uno.

 

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