DIÁLOGOS CON LA MEMORIA

Guatiza en los recuerdos de Gerardo Fernández, de vocación Quijote

No se parece en nada Guatiza hoy a cuando Gerardo Fernández Ramírez –conocido por sus constantes denuncias sobre agresiones al medio ambiente- fue alumbrado en el lugar, un sábado. El día, 3 de mayo de 1941. En aquel entonces, Guatiza tenía personalidad y rédito agrícola. Así que sus naturales vivían al rumbo de las lluvias y bastanteaban en años de abundancia y de escasez la importancia de sus cosechas.

R. Fuentes
Vídeo: F. de la Cruz/M. de la Hoz
[Miércoles, 17 de junio de 2009] [09.30]

Cuenta Agustín de la Hoz en su ‘Obra escogida', que mucho antes de que Gerardo Fernández naciera, hecho que felizmente aconteció en la primavera de 1941, en el sitio ya había dos Guatizas habitadas por el mismo pueblo siamés. Guatiza de Santa Margarita y Guatiza del Cristo de las Aguas, que eran hermanas juntadas por el puente de la Vega Vieja y que la edad, indefectiblemente las separaba.

Guatiza, la de Santa Margarita, se fundó pobre y por vez primera en los albores del siglo XVI. En aquel tiempo remoto, con más sudor que agua, habida la escasez de ésta y la sed de lluvias, las manos de los naturales se afanarían haciendo argamasa de barro y fábrica de piedra para, desde lo alto, asomar la humildad de sus vidas al esplendor de La Vega.

Sin embargo, esa misma imagen de Guatiza de Santa Margarita vista desde la lejanía en el mar, la haría vulnerable a los ojos de Árraez, resultando por décadas presa fácil y recurrente de las rapiñas de éste y de otros piratas turcos y moratos. De ahí que, dolida de “muerte, hambre y peligro”, y andando el siglo XVII, la población iniciara el éxodo hasta las tierras bajas de La Vega estableciendo la otra Guatiza, la del Cristo de las Aguas...

Aquellos días del nacimiento de Gerardo Fernández en Guatiza, pueblo que entonces era “una auténtica maravilla”, haciendo número los habitantes de Lanzarote no llegaban a 8.000. La Isla se movía despacio, casi con indolencia, y las gentes, en su gran mayoría, lo hacían a golpe de alpargatas o con paso de soletas. En la población imperaba llaneza, sencillez y confianza en el trato.

El universo infantil corría descalzo entre fincas y cercados de tuneras y circunscrito a los límites del sitio, y a otros terrenos baldíos y arrabales adyacentes siempre que fueran ‘tierras de nadie'. Y, además de jugar a “ la Tanga ” o al escondite y al boliche, el futuro también bailó al ritmo de los trompos echando hilo a las cometas. O se jugaban tremendos capitales en almendras. Los niños no conocían más mundo ni había otra posibilidad. No iban a Arrecife o lo hacían asustados. “No habían medios de transporte”. Antes, solamente estaban los camiones de Martín y de Ventura, “que venían de Haría y hacían el recorrido Haría-Arrecife y viceversa”.

Finalmente, el 24 de julio de 1947, se tolera que la empresa de Gran Canaria ‘Gil Hernández Hermanos, SRC.', o ‘Gildez' como de confianzudos todos la conocían, tome a su cargo el transporte público por carretera y comience a operar con un servicio de guaguas al interior de la Isla. Se establecieron tres líneas, la de Haría, la de Yaiza y la de Teguise, que hacían sus rutas dos veces al día, una por la mañana y otra por la noche...

Con muchos esfuerzos y una ingente labor que se extendió por varias añadas, dos camiones, y otros recursos del Instituto Nacional de Colonización y Desarrollo Rural, “que tenía las oficinas en Las Cuatro Esquinas, en Arrecife”, se terminaría de enarenar porosa la productiva Vega de Arriba, en Guatiza. Después, y durante décadas, las gavias verdearon millo y garbanzas tiernas; hasta dos cosechas por año, si éstos eran buenos y hacendosos en lluvias. Algunas gavias incluso se conchababan en sabia agricultura para dibujar lienzos de lentejas.

En aquel tiempo de la perra chica, los divertimentos de las personas mayores se iban a “la pesca, o la cacería en época de caza”. Los más chicos, y no tanto, si hacía bueno y no había otras obligaciones tiraban para el campo o bajaban hasta la marea, donde decían o dicen La Caleta , y El Riadero, o dónde ahora está Los Cocoteros. Cada roca, cualquier punta de la costa, todo sitio tenía su nombre. También lucían nombre propio y apellidos las sociedades, que en Guatiza aun siendo un pueblo pequeño había dos. La Imparcial , que dicen era “de los ricos o de los que comían todos los días, que entonces ya era mérito”, y la que era de los pobres “o del proletariado que diríamos hoy”, y que se les dio en llamar La Unión.

A lo largo de su derrota de siglos, y para mayor fama y lustre de las gentes de ese sitio, Guatiza también se felicitó por ser cuna y habitación de algún prohombre de la época y de más de un ‘hombre bueno'. Personas y personajes que las más de las veces ningún título académico guardaban, pero sí muchas virtudes y otras cualidades y humanos valores, y que gozaban de la admiración y el respeto de todos sus vecinos. Así que, de puro respeto, eran facultados para dirimir desde entuertos y malentendidos hasta lindes disputadas o cuáles eran los pasos de las cabras.

En aquellos lares y menesteres dejaría su impronta don Policarpo Ortiz Placeres, que ejerció como consejero en la primera constitución del Cabildo de Lanzarote, en 1913. Todavía se recuerda a don Pedro Fernández, que en tiempos fuera alcalde pedáneo de la localidad. Y a don Anacleto Martín, defendiendo su juzgado de paz...

Sin que afloraran trincheras ni quedaran cicatrices, el tiempo también dejó atrás y en pretérito aquellas “guerrillas con piedras en los bolsillos” y el “pique tonto” que, durante varias décadas, peleó sin sentido entre los vecinos de Guatiza y los de la cercana Mala. Entonces los carneros y los peludos “nos llevábamos como perros y gatos. Y el pleito, siempre”, rememora Gerardo.

Antes, “la gente trabajaba las fincas y no dejaba que se estropearan. Mataban las hierbas, y estaban encima de la finca, continuamente”. Ahora, se lamenta, “da mucha pena; da una lástima tremenda” ver como están: “no se ven sino bobos por todos lados”.

“Yo puedo decirles a ustedes que desde los años 40 a los 60 nadie tiraba una colilla al suelo, nadie tiraba un papel, nadie tiraba nada, y la gente en los campos barría los caminos”, asegura Fernández.

Quizá fuera de ahí, de aquella universidad de vida que tuvo y de la que se nutre de presente y de recuerdos su memoria, el que sea hombre que antepone sus ideales a su conveniencia de forma desinteresada y comprometida en defensa de causas que considera justas, sin conseguirlo.

A fe mía que, aun pareciéndose físicamente más al novelado Sancho, Gerardo Fernández es Quijote de esta Isla maltrecha.

 

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