PAISANAJES Y VIEJAS ESTAMPAS DE TITERROY

 

El 'Día de San Juan' y las 'fogaleras'

 

Rafael Fuentes

Fotos: F. de la Cruz
[Martes
, 30 de junio de 2009] [09.00]

 

 

 

Hoy, para hablar de una misma y única celebración todos dicen ‘San Juan' o ‘noche de San Juan' o ‘la hoguera de San Juan', y punto. Aquí, en Lanzarote, antes no era así. Nosotros decíamos ‘la fogalera de San Juan', y el ‘Día de San Juan', que eran dos actos o eventos –como ahora gustan de llamar a todo, y a cualquier cosa- completamente distintos y, ambos, ampliamente festejados.

Cincuenta y dos años han transcurrido ya desde que Titerroy principiara a conformarse a finales de 1957 en mitad de la nada. En el mismo sitio o lugar de los descampados de Arrecife que entonces llamaban Maneje. Un hecho relativamente reciente en el devenir de la historia de esta ciudad que es en esencia, suma de barrios y múltiplo de barriadas.

Andando los años el barrio de Titerroy, que había tomado como núcleo la barriada original de las 120 viviendas que se alinean en las calles de Tilama, Tisalaya, Tinache, Timbayba y Tinamala, y que atraviesan la calle de Tingafa, terminaría de adquirir su configuración actual después de que fueran ejecutadas distintas promociones de viviendas sociales.

Mis padres estrenaron matrimonio y casa nueva en la calle de Tinache, en Titerroy, e iniciaron ahí su familia numerosa. A mí me nacerían en segundo lugar entre los cinco hermanos, y en su misma cama, en junio de 1960. Antes, en febrero de 1959, habían alumbrado primogénito a mi hermano Manolín. Así que, ambos, pertenecemos a la primera generación de hijos de aquellas ‘casas baratas', de renta limitada y promoción pública, que constituían las barriadas.

De aquella década de los años sesenta en que aconteció mi primera infancia y la del barrio, que también crecía al tiempo que lo hacíamos nosotros, son estas imágenes y el paisanaje humano de Titerroy que hoy traslado al papel en unas pocas y viejas estampas.

La fogalera de San Juan

Todavía desconozco cuándo o en qué momento exacto del mes de junio comenzábamos a juntar maderas pero si sé que lo hacíamos pronto. Posiblemente lo hiciéramos después de festejar a San Antonio, que también es santo que echa humo y se celebra el día 13.

Tampoco sé de dónde salía de pronto toda aquella flota de carretillas que motorizaba a la chiquillería. Así que, ni cortos ni perezosos, nos afanábamos temprano y con ahínco en una labor ingente -esas que sólo saben hacer los niños- para despejar de trastos viejos las azoteas y palomares; los patios y traspatios; y otros almacenes y trasteros y más aparcamientos de lo inservible, en los modestos domicilios de nuestros colindantes vecinos.

Quizá prometiéndoles refulgir de gloria y mejor destino que el que tuvieran después de su vida útil, durante al menos una docena de días todos los chinijos nos empleábamos a fondo en redimir del rincón del olvido y liberar del limbo de lo inútil a cualquier suerte de mueble de madera descompuesta o cojitranca que a modo de tea pudiera arder para mayor luz y esplendor de ‘la fogalera de San Juan'.

En aquellos días, el Ayuntamiento de Arrecife, igual de indolente que hoy, no ordenaba ni disponía de ningún servicio de retirada de muebles y enseres; solamente prestaba la recogida de basuras domésticas que, puerta a puerta y en días determinados, cumplían los empleados y camiones de José Alemán. Tal era así que los vecinos, aprovechando la coyuntura, tenían adquirida la buena y sostenible costumbre de deshacerse de sus muebles viejos por estas fechas. De modo que agradecían la voluntad y mejor disposición de los chinijos. Y éstos a su vez, más contentos que unas pascuas.

Ni que decir tiene lo limpios y relucientes que quedaban todos los talleres de carpintería.

Nosotros hacíamos ‘la fogalera de San Juan' en lo alto de un morro que había al final de la calle de Tinache, en Titerroy. Un poco más arriba de la granja de gallinas de Manolo Tejera y Magdalena Pérez; a una treintena de zancadas largas desde la casa que fue de Juan Fajardo y María de los Ángeles Luís –recientemente fallecida-, y en la que también vivió unos años, justo después de que regresara de Venezuela, Perico ‘Carnisa' con su familia.

También nos valíamos entonces de aquel mismo morro para escudriñar el vasto horizonte y barrer con la mirada la nítida belleza de la marina de Arrecife. Aquella estampa nos reafirmaba isleños en nuestro litoral y, muchas de las veces, nos permitía entretener nuestra curiosidad entre las idas y venidas de ‘el Correíllo'. El barco de la Compañía Trasmediterránea que nos unía al mundo exterior atracaba en el viejo muelle comercial; a un tiro de piedra de donde el conocido y popular Yoyo consiguió agenciarse un puesto de ventorrillo. Después, cuando pasaban los años, el buque comenzó a confiar sus amarras a cualquier noray del Muelle de Los Mármoles.

Volviendo a ‘la fogalera de San Juan' que nos ocupa y al fuego que la consume, recuerdo especialmente un año en que Pilar, la mujer de Talavera el de la Democracia, se encargó de fabricar y vestir el machango que a bordo de una carretilla paseó feliz el orgullo de la barriada.

Entre los ‘zángalotes' se encontraba Anastasio, el hijo de Juana ‘ la Canosa '. Diego Machado y Miguelo el de María Dolores, tenían edades muy parecidas. Felo Talavera y Chalo Álvarez, y otros que siendo aun niños empezaron a trabajar con Salvador Núñez y en otras imprentas de Arrecife, trajeron sacos y sacos de recortes de papel. Otro grupo de menor edad era el que formábamos Agapito Montelongo, Rogelio Machado, Lorencín Morales, mi hermano Manolín, Ernesto Cañada, Casimiro Brito, y un sinfín de chinijos. Con el trabajo y los esfuerzos de todos habíamos levantado una montaña enorme con restos de maderas y muebles viejos...

El Día de San Juan

En aquellas fechas que escribo, las gentes de Titerroy apenas disponían de tiempo para pecar ni podían permitírselo. Tampoco tenían iglesia propia o habilitada en las inmediaciones. Recién terminaban de recibir sus casas en una barriada de nueva planta que carecía de todos los servicios y de cualquier condición que la presumiera urbana. Los vecinos no tenían acceso al agua corriente aunque en las viviendas se hubieran practicado las debidas instalaciones de fontanería. Hasta varios años más tarde no fue que llegó la red de abasto y el ‘agua dulce' a Titerroy.

Lo cierto es que ese día, el de San Juan, prometía excursión y nos despertábamos del sueño mucho antes de que lo hiciera la aurora. Tal es así que siempre la sorprendíamos con un suculento desayuno de pan batido caliente y margarina.

Fela Moreno, mi madre que es nacida en La Isleta, ya hacía rato que andaba trajinado tortillas de papas y perejil en la cocina. La ensaladilla, que había sido elaborada bien temprano, nos lanzaba guiños de aceituna y carcajadas de morrón. Después, ya en la playa, con mucho mimo mamá levantaría la mayonesa. Una docena de bollos de pan de manteca, todavía humeantes, se comían a rodajas la mitad de un salchichón...

Al objeto de limpiarlo y tomar posesión de él, mis tíos Pedro Martín, que casó con Ita Fuentes, y Paco Fuentes, que lo había hecho con Tita Tabares, y mi primo Félix Martín, habían bajado la tarde anterior hasta el nido de ametralladoras –aquellos que a lo largo del litoral de la Isla fabricó el Batallón de Lorca- que había en el Caletón del Barranquillo.

Todavía esperábamos ver asomar la ‘volkswagen' asmática que conducía mi tío Pedro, y que venía a por nosotros, cuando ya había comenzado el ir y venir de los ‘micros' de alquiler que transportaban el barrio en familias hasta la orilla de la marea.

En la playa, donde el mar lame la orilla, dos botellas de ‘clipper', tres de ‘sietemachos', y una sandía de Soo, surfean las olas.

 

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