EL FLEXO

 

Una tarde de verano

 

Nayra Alonso

Ilustración Emma López-Leitón
[Miércoles
, 1 de julio de 2009] [09.00]

 

 

 

 

 

 

—Pues sí, hija, esto ocurre más de lo que crees —dijo doña Mariana secándose las manos—. En los campos no es como en la ciudad, aquí las cosas son distintas.

Colocó cuidadosamente la toalla en el toallero y siguió hablando en voz alta. La muchacha la escuchaba sentada en el sofá de la salita.

—Y más cuando se vive como nosotros, alejados del mundo. La casa de Manolito Robaina, la que te encuentras cuando pasas el estanque, es la más cercana, y fíjate donde está. Aquí pasa cualquier cosa y se enteran a los meses... Si se enteran.

La muchacha se levantó del sofá y se dirigió a la ventana. Abrió una de las hojas, se apoyó con las dos manos en el marco e inspiró profundamente. Luego dejó escapar el aire dando un resoplido.

—No creo yo que estés preocupada...— dijo doña Mariana con un dejo de falso enfado, observándola ahora desde la puerta de la salita. Y añadió, al ver que la muchacha daba un respingo—. Pero, Sofía, que no pasa nada...

—¿Y si mi madre me pregunta?

—¿Y por qué te va a preguntar?

La muchacha volvió junto al sofá y se sentó en el mismo sitio que había dejado un minuto antes. Doña Mariana la siguió y se sentó también. La tomó de la mano.

—Mira, cariño, primero me ayudas a sacarlo, y luego te vas a tu casa, cenas y te pones a ver la tele. ¿Hiciste ya los deberes? ¿Si?

—Los hice antes de venir...

—Bueno, pues luego te estás unos días sin venir por aquí, hasta que tú te veas que estás más tranquilita.

—Bueno... Pero si alguien me pregunta por él ¿qué le digo?

—Nada, hija, que bien, que está bien... Pero que no te va a preguntar nadie.

—Bueno...

Al encender la luz de la alcoba, el bulto sobre la cama acaparó toda la atención de la muchacha. Doña Mariana empezó a hablarle de las manchas negras del techo, de lo difícil que es deshacerse de las humedades si no se ataca directamente el problema, pero no consiguió que la chica enfocara otra cosa.

—No tengas miedo, cariño, que no hace nada. Mira, ¿por qué, en lo que yo lo envuelvo, no vas tú al alpende y te traes la carrucha? Venga, nena.

Sofía no la tuvo que buscar demasiado. Rodeó la casa y la vio a lo lejos, apoyada contra un lateral del cobertizo. Al cruzar el cercado observó en un rincón un montículo grande de tierra oscura. Quiso acercarse, en otra ocasión lo hubiese hecho, pero comprendió que no era momento de ponerse a investigar. Así que siguió de largo, cogió la carretilla y la llevó de vuelta a través del cercado.

Se le ocurrió que, dada la ubicación de la alcoba, lo más práctico sería meterla por la puerta trasera, por el cuarto de la pileta, para lo cual tuvo que volver a rodear la casa, entrar por delante, cruzar el pasillo y abrir desde dentro. Luego, con cuidado de no rozar ningún mueble ni de llevarse nada por delante, la condujo a través del pasillo y la metió en la alcoba.

Ella no entró, se quedó bajo el dintel, mirando el bulto, ahora no simplemente tapado, sino envuelto con exquisito esmero en una sábana amarilla de flores rosadas y bien arrimado a la orilla derecha del colchón.

—Tráela, pégala aquí —le indicó doña Mariana—. Ahora nos ponemos las dos de este lado, agarramos bien la tela y tiramos hacia nosotras. Cuando diga tres. Venga: uno, dos, ¡tres!

—¿Quién levantó la tierra de atrás?— le preguntó la muchacha cuando se encontraban las dos jadeando a mitad de pasillo, doña Mariana de un color morado.

—Un hijo de Robaina, el más chico. Esta mañana. Le dije que Yanko se había muerto anoche.

—¿Y se lo creyó?

—Claro, mi niña, ¿qué sabe él si el perro se murió anoche o el año pasado?

—Pero el agujero será demasiado pequeño...

—Sí, pero no mucho. Solo tienes que cavar un poquito más y entra. Ya estuve mirándolo y entra.

—Cómo pesa...

En el cercado, la muchacha tuvo que descansar un rato junto al agujero antes de coger la pala y vaciarlo más de tierra. Doña Mariana hubiese preferido terminar cuanto antes, pero también necesitaba descansar.

—Nos marchamos el miércoles, este que viene ahora —dijo la muchacha mientras se sentaba.

—¿Viene tu padre a buscarlas?

—No, nos vamos con Javi. Vino ayer.

—Ah, bien. Pues no dejes de venir el martes, para que te lleves unas cosas. Y el verano que viene nos volvemos a ver, que ya estarás hecha una señorita. Bueno, ya casi lo eres.

La muchacha no dejaba de inspeccionarse las manos. Las abría, las cerraba, se estiraba los dedos, se masajeaba las palmas. Dibujaba muecas de dolor mientras lo hacía y se las soplaba constantemente. Tras un silencio, llevó su mirada de sus manos a los ojos de doña Mariana:

—¿Cómo fue?...

—...

—O sea... ¿Cómo l...

—Con la almohada. Se la puse así, en la cara, y apreté. No se movió. Casi, me tiró una mano a la cara, pero suave. Ya estaba muy débil al final...

El sol empezaba a retirarse. La muchacha, sudorosa y agitada, cavaba unos minutos y se detenía, cavaba y se detenía, cavaba y se detenía, y cada vez transcurrían menos minutos entre lo uno y lo otro.

Doña Mariana observaba en silencio. En cierto momento, sin que la chica se percatase, echó a caminar hacia la casa con sus voluntariosos andares y salió después portando un vaso de agua, vaso que la muchacha bebió de un trago cuando soltó la pala definitivamente.

—Bueno, ya está, ahí cabe. Y ahora te marchas a casa. Te lavas un poquito primero.

—¿Y para taparlo?

—No te apures, de eso ya me encargo yo. Pero vente primero, ponte por aquí, vamos a volcarlo.

En lo que Sofía se lavaba, Doña Mariana envolvió un trozo grande de queque en papel platina y lo metió en una bolsa que contenía peras, limones, un cartón de huevos y un grueso ramillete de perejil atado con elástico.

—Pues dice mi madre que el año que viene a lo mejor pasamos el verano en la playa— dijo Sofía colocando la toalla cuidadosamente en el toallero—. Aunque yo prefiero venir aquí. El campo me gusta más.

—Date prisa, Sofía —contestó doña Mariana desde la cocina—, te va a coger la noche.

Se despidieron en la cancela, como siempre, con un par de besos y un achuchón. Luego Sofía acomodó la bolsa en la canastilla de su bicicleta y se alejó despacio.

—¡Hasta el martes!—gritó.

—¡Hasta el martes, cariño, vete con cuidadito!

 

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