Jalapa

 

 

Antonio Lorenzo

[Martes, 21 de julio de 2009] [09.20]

 

 

 

 

Hoy leemos en la prensa diaria, hojas y hojas que ofrecen teléfonos de contacto, muchas veces acompañadas de una pequeña fotografía en la que la muchacha exhibe sus encantos naturales. En el Arrecife pretérito se veían desfilar esas muchachas hacia el centro de la capital, procedente de lo que los marineros, con su peculiar terminología profesional, denominaban ‘Las cuarenta brazas'. En tiempos anteriores salían de unas pequeñas sedes de los alrededores del viejo campo de fútbol, por las actuales calles Argentina y Portugal, que todavía no existían y por tanto no tenían esa denominación, y que vulgarmente se conocían, las instalaciones, como El Rancho Estadio o algo así.

Más atrás aun en el tiempo, esas jóvenes y no tan jóvenes, tuvieron su ubicación en la calle hoy Otilia Díaz, en aquella época denominada ‘ La Porra ' y no precisamente en honor del arma defensiva del guardia municipal, sino, circunstancia que no he podido confirmar, de un general que tenía por nombre el de don Antonio de la Porra , según me decía un amigo. Y, en esta calle se desarrolló la anécdota muy comentada durante mucho tiempo y que quiero referir en evitación de su pérdida en la memoria de la ciudad. Las casas antiguas tenían una destiladera de rejas pintadas de verde, con su pila de destilar sembrada de culantrillo, bernegal para recoger el agua que caía gota a gota, plato metálico y jarro, adornados con flores. También tenía la función de mantener los alimentos frescos, una especie de nevera rudimentaria.

Una de aquellas muchachas solía guardar en la destiladera una jarra con leche, que día tras día, notaba que alguien se bebía. Ante su queja, un joven profesional le comentó: “Toma estas pastillas, ponlas en la leche, y mañana sabremos quien se la toma”. Las pastillas eran de una sustancia que el diccionario define así: “Jalapa.- Raíz de una planta vivaz americana, de las convolvuláceas, semejante a la enredadera de campanillas. Se usa en medicina como purgante enérgico”. Uno de los contertulios no apareció en varios días, pues al parecer se los pasó sentado en el ‘excusado', como se decía entonces, y que actualmente denominamos inodoro, aunque se ha puesto de moda llamarlo púdicamente y de forma un tanto cursi, ‘baño'.

 

 

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