PAISANAJES Y VIEJAS ESTAMPAS DE TITERROY

 

El llano frente a la panadería de Machín

 

Rafael Fuentes

[Jueves, 17 de septiembre de 2009] [11.30]

 

 

 

 

Manuel Fuentes, Titerroy (1961).

Ahora, cuando recorro sin prisas y a paso lento el ecuador de la vida, y a las ‘fuerzas vivas' y demás farándula de Titerroy últimamente, se les ha dado por demandar y hasta exigir dimisiones políticas, cambios en la denominación de algunas calles, otorgamientos de plazas en el barrio, y otros honores para vaya usted a saber quién y por qué -sobre todo por qué-, yo me pido el llano frente a la panadería de Machín.

Que se reponga en esencia y con título de Plaza Mayor. Y se restituyan fielmente las imágenes del pasado que todavía componen y ajustan los ánimos en mi memoria.

Transitaban los años 60 la mitad de aquella década el día que los ojos de mi infancia, limitada de asma, se atrevieron a asomarse por primera vez, despacio y del tamaño de platos, al llano que había frente a la panadería de Machín y Dominga.

El llano, de una extensión parecida a la que ocupa la Plaza Pío XII, abarcaba una suerte de terreno yermo que hacía esquina al desarrollo de la calle de Tinache en su confluencia con la de José Pereyra Galviaty. Al fondo, un solar flanqueado por las viviendas de Juan Guerra y de Ventura Tejera, respectivamente, abría la tierra campa hasta la calle de Tinamala.

El perímetro de la entonces popular plaza infantil, estaba claramente definido por un lateral de las viviendas de Juan Fajardo y María de los Ángeles Luís, y Tomás Hernández. Y las casas de Juan Guerra, Ventura Tejera, y de la familia Tabares -donde Juanele tuvo la zapatería-, que cedían sus traseras.

La tienda de Juanito Hernández también exponía a los rigores del llano su arrugada espalda de cantos viejos y desnudos.

Precisamente fue ahí, en el ángulo muerto que se formaba detrás de la tienda de Juanito, al resguardo de miradas furtivas e inquisidoras, donde me sumé a una pandilla de chinijos que pilila en mano hacíamos cola para orinar deprisa en un hoyo practicado en el suelo.

Después, cuando el nivel de orines creció lo suficiente, alguien introdujo un trozo de carburo, lo cubrió con un cacharro al que se le había practicado un agujero en el fondo, y prendió fuego...

I

No se parece en nada la chinijería hoy a cuando Titerroy campaba en abundancia de llanos, como el que había frente a la panadería de Machín y Dominga.

Es más, aquellos días el asfalto solo alcanzaba al desarrollo de la carretera de los cuarteles en su recorrido por el barrio. Así que la totalidad de calles y plazas conservaban todavía el suelo natural de tierra.

Los chinijos, que sólo temían a los ‘chupasangre' –una especie de hombres del saco de antes- y al rigor de la paternidad, además de unas grandes dosis de inocencia extrema e ignorancia supina tenían personalidad y arrojo. Y, practicaban la vecindad. Aunque también es verdad que los había bastante zafios y malcriados y mataperros.

Desde entonces, mucho ha cambiado la educación, el comportamiento, los juegos y juguetes, y hasta los niños mismos. Ya no se les llama chinijos ni constituyen un elemento de producción dentro de la economía familiar. Ahora tienen paga y crecen adocenados; persuadidos por la vorágine del consumismo y la anuencia o la falta de tiempo y el exceso de trabajo de sus padres.

Un día, al salir de la escuelita de Tita la de Marcelo Barreto y atajar por el llano, con gran regocijo de nuestra parte nos tropezamos con una montaña de jable. La arena, rubia de Soo, estaba destinada a las obras de ampliación de la panadería de Machín.

Enseguida, en lo alto del jable apareció la pala mecánica de Ernesto Cañada, que tenía ingenio y una especial habilidad para fabricar una ‘caterpillar' con un taco de madera, una lata de carne vacía, dos varillas de madera, seis tachas rumbrientas, un cacho de verga, medio metro de hilo de bala, y poco más. Y, pocos minutos más tarde, doblando la esquina de la tienda de Juanito, veíamos asomar el morro del camión de madera de Rafaelito Tejera...

II

En cierta ocasión, durante el proceso de ejecución de las obras de ampliación de la panadería una parte sustantiva del llano sería ocupada por un cargamento de cajones de madera –los más grandes que habíamos visto-, y que guardaban en su interior las piezas de un moderno horno industrial y otra maquinaria de panificar que Machín había adquirido en Alemania.

Recuerdo que durante mucho tiempo jugamos a tentar al peligro subiendo y saltando de un cajón a otro. Algunos eran enormes, y de mayor altura que las viviendas que los circundaban. Los más pequeños tenían el tamaño aproximado de una habitación grande.

El burro de Agustín Hernández, el del carro, que siempre echaba los mediodías en el llano, sería agraciado con uno de aquellos cajones. Así que fueron muchos los años que el abnegado animal disfrutó de una estancia abrigada en el corral que Agustín habilitó al principio del morro, un poco más arriba de la casa de Juan Fajardo y María de los Ángeles Luis...

III

Manuel, Rafael y Juan Carlos Fuentes Moreno. Titerroy (1965).

Al llano llegó un día aquel circo de mugre y miserias que venía apestado, casi huyendo desde la Mareta de las Flores, en La Vega. Y que, en el haber de su inventario, además de la deslucida carpa traía la consabida cabra, dos rubias licenciosas, una mona, y la furgoneta azul que meses más tarde abandonaron; cuando por imperativo mayor hubieron de mudarse al llano frente a la casa del taxista Rafael y doña Obdulia la maestra, en el mismo solar que Emilio almacenó la chatarra.

Enseguida, quizás por la delatora peste y otras basuras que provenían del perímetro donde campaba, fue ampliamente reconocido como “el circo de las pulgas”. Todavía no sé cuál era el espectáculo que pasaba, pero sí recuerdo perfectamente que dondequiera que iba con su carpa no tardaba en encender los ánimos de la gente del sitio.

Hay mucho de leyenda, bastante de boquilla, y un poco de imaginación infantil, en quienes aseguran que las chicas “se pasaron a todo el barrio por la piedra”. Pero es cierto que en derredor de las rubias, derretidos de pasión zumbaban los pollos de Titerroy. Algunos zangalotes, como Rafaelito González el de la plaza, babeaban a su paso y las seguían a todas partes...

IV

Finalmente, un cargamento de varillas de hierro de distinto espesor terminó por ocupar el llano en 1972 y, después de levantar una caseta para guardar las herramientas e instalar la cizalla, el maestro albañil Agapito Cruz ayudado por un par de peones dispuso todo lo necesario para acometer la ferralla de lo que andando el tiempo se convirtió en el edificio que todavía acoge al comercio de Cruz Díaz.

 

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