A Juan de Dios, ya mayor, le dio por hacer cosas que si bien no podrían ser consideradas como locuras, sí parecían un tanto extravagantes. Así, allá por los días de la entrada en vigor de la Ley de Humos de Nonó Sisí, cansado de no poder encender la cachimba en los sitios de costumbre, atufose, más bien cabreose y diose a todos los demonios del Averno.
Más corrido que Benedicto en un desfile gay, perdió las jaretas y sin comprobar el estado de la mar, embarcó a Chucho en el Luna Dos, cargó cuatro cosas y sin más dilaciones largó la vela, trincó la escota, arrumbó al Norte clavado y bolineando con viento fresco zarpó en busca de su querido y aún medio libre paraíso, en donde fumar seguía siendo un placentero suicidio y no un crimen de lesa humanidad.
Después de cinco horas de dura brega con la mala mar, al llegar a la altura de Órzola, puso proa al Oeste y pasado un tiempo perfectamente calculado, viró a babor y de una sola vuelta entró en la Caleta como un celaje, arribando al puertito norteño que debe su nombre a la más imponente de nuestras playas, Famara. (1)
Con la adrenalina a tope, aterido y más mojado que los tres ojos del Puente, nuestro hombre arrió la palanca con la heroica vela, que, después de soportar los embates del temporal, lucía nívea y virginal como el alba de un joven diácono sin contaminar. Seguidamente a toda mecha y a pique de desconcharse un pie, descalzo como estaba, entre las cuadernas y las panas que flotaban fuera de sus encajes, logró arrejerar al recio Luna Dos con el rezón de respeto a barlovento, el ligero a sotavento y a popa una potala más pesada que Juanito por Navidad.
Sin terminar el fondeo, con el timón aún en el agua y el palo en la carlinga, desató al empapado Chucho, que por sí las olas había viajado amarrado a la cerreta, y con un trozo de arpillera que sacó del leito de proa, lo frotó enérgicamente, mitigando un tanto sus violentos temblores, y, como la ocasión lo requería, le colgó en su collar el exclusivo biberón, esta vez con más ron que agua, del que aprendió a mamar, tiempo atrás, con real gracia.
Después de confortar a Chucho y sin apenas coger resuello, el duro viejo siguió arranchando la embarcación: con el timón pasó las de Caín pues sus machos estaban flojos y se trababan en las hembras del codaste al tirar de él, finalmente le metió el hombro a la caña y las manos a la cabeza y de un brusco tirón lo metió a bordo. Con el palo ni se atrevió, estaba tan agotado que lo dejó dormir en la carlinga, sólo tensó la driza y de dos certeros porriñazos a sendas cuñas lo afianzó en el agujero del banco, y como un pincel del las olas, lo dejó dibujando arabescos en la bóveda celeste.
Ya pardeaba cuando Juan de Dios terminó de achicar el medio mar que tenía a bordo. Después de tanto tiempo agachado y entumecido como estaba, pasó más trabajos que el forro de un catre para enderezar el espinazo y ponerse de pie, pero, helo ahí junto al palo, tan tieso como un garrote, con la su faz al poniente y su mal genio a flor de piel. Al contemplar el estallido de colores que se levantaba tras la montaña de Soo, recordó como de niño creía que el hermoso colorido de las puestas de sol, lo provocaba la Virgen María planchando en el Cielo con su humilde plancha de carbón, carbón que mantenían incandescente dos angelitos de Dios, soplando ora uno, ora el otro.
La superlativa inocencia de su niñez molestó a su endurecido ego, pero de algún modo también lo enterneció, y por primera vez en muchos años, después de un mal lance de mar, apenas blasfemó, sólo puso a parir a San Telmo por tan mala travesía, pero, caballero como siempre, dio gracias a la Virgen del Carmen por mantener a flote el Luna Dos, a Chucho más alegre que unas pascuas y a sus propias cosas en su sitio. Queden pues, las cabras por el daño.
Con la tormenta amainando y el barco bien fondeado, a Juan de Dios sólo le quedaba esperar la virazón para que su amigo Ezequiel le pudiera echar en tierra en su vieja chalana; a él, a Chucho y sus trebejos de pesca y acampada. Y no fuera que la maresía y el frío, mojado como estaba, se le metiera en los huesos mientras esperaba, sacó del leito de popa una manta de lana que olía a rayos y un mil veces recosido porsiacaso, regalos ambos de una cholita bonaerense que después de tantos años pasados, aún la recordaba con magua. (2)
Se emburojó con la manta y al abrir el porsiacaso lo primero que encontró su mano fue la bolsa de plástico con la cachimba, la borrega del tabaco y el chisquero de mecha, y aunque se moría de ganas de fumar, le temblaban tanto las manos y el quejo que con dolor de corazón y alivio de sus pulmones, pasó del tema. Gracias a Dios y al cariño de su mujer, en el fondo del porsiacaso encontró su querida garrafita de ron, envuelta en unos calzoncillos de franela de pata larga, y le dio tal tiento que la dejó tembliqueando. Un trago más y el viejo que era duro pero no de hierro, se escurrió sobre las panas y allí quedó acurrucado entre la banda, el banco y el leito de popa.
Chucho, después de haber celebrado durante un rato la ingesta del biberón girando como una peonza intentando morderse el rabo que no tenía con unos ridículos ladridos en continuas subidas y bajadas de tono y unos espirridos como de grajo, en cuanto vio como su amo se acomodaba en el fondo de la embarcación tapado hasta los ojos, sigilosamente y rectando como una leona cazando al acecho en el Serengeti, se metió debajo de la manta y se enroscó junto a los pies desnudos del mejor amo del mundo.
Juan de Dios, que captó la maniobra de Chucho, encogió un poco los pies para hacerle más hueco y continuó mirando en el trozo de cielo que le permitía ver una rendija de la manta, como la punta de su gallardo palo cubría y descubría estrellas con su suave balanceo, y dijo, no sabemos a quién... ¡Chacho! ¡Chacho! tengo que pedirle perdón a Juana por lo de la cholita Cristina, no sea que en una de éstas me vaya pal carajo. Dicho lo cual, como buen pecador que era, se durmió como un tronco.
Notas:
(1) Ningún cineasta rodó las escenas de la esforzada lucha del viejo Juan contra la mar y el viento. Nadie contempló su quijotesca figura, con el culo pegado al leito de popa y una mano aferrada a la caña del timón y la otra trincando y largando escota. Nadie alcanzó a ver sus cuatro pelos y chorreantes barbas cuando un inclemente roción se llevó por los aires su mejor cachucha; impermeabilizada, con badana de piel y excelente fieltro. La cacofonía de ruidos; los ladridos de Chucho, el silbido del viento, el macheteo de la proa contra las olas, los crujidos del palo y el golpeteo de la palanca contra él, etc, nadie los oyó. Ni nadie escuchó sus desaforados gritos animando a su querido Luna Dos...¡¡Vamos valiente!!¡¡Vamos!!... En toda la travesía y por ende en la entrada y fondeo en la Caleta de Famara, no hubo sinfonía ni epopeya, pero sí hubo, mis queridas niñas, un canto al valor y la destreza.
(2) Cuatro campañas a la pesca de la merluza en el Mar del Plata, dieron para mucho.